Opinión: Todavía no descorchen el champán

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A la espera de que se hagan públicas las propuestas alcanzadas en los dos últimos días entre Irán y la Agencia Atómica -reunidos más de una decena de veces durante los últimos 20 meses-, todo parece apuntar a que el país del régimen de los ayatolás está cada vez más cerca de cerrar un acuerdo con la AIEA, para que expertos de la Agencia Atómica lleven a cabo un plan de inspecciones que pueda despejar todas las dudas sobre los supuestos planes de Teherán de desarrollar un arma atómica.

Este “nuevo enfoque”, que es como gusta catalogar al Gobierno de Rohaní el actual conflicto nuclear, supone un paso más en la reciente campaña diplomática en la que está sumergido el actual gobierno de Irán. Ahogado por las sanciones económicas y necesitado de una buena campaña de imagen, la entrada de Rohaní ha supuesto un soplo de aire fresco para la imagen internacional de Irán.

Si bien nadie puede negar lo positivo de este estudiado movimiento, no hay que olvidar que tras Rohaní se encuentran los mismos que durante casi una década de Gobierno de Mahmud Ahmadinejad apoyaban la fabricación de la bomba atómica y el posterior aniquilamiento del Estado de Israel.

De ahí, las dudas lógicas de una parte importante de la comunidad internacional, con respecto a las intenciones reales de Irán. Incógnitas que se agravan si se tiene en cuenta la más que demostrada implicación de Irán en la guerra de Siria, compañero de batalla del grupo terrorista libanés Hezbolá. Un hecho éste que parece haber pasado desapercibido por la prensa internacional, pero que no debe ser olvidado a tenor de las múltiples consecuencias que esto puede tener no sólo para Siria sino para todo el Medio Oriente. Asimismo, no cabe olvidar un reciente estudio de la ONU, que alarma sobre la situación de los derechos humanos en el país.

Ahmed Shaheed, representante de esta organización en Irán, criticaba en las últimas semanas el deterioro de los derechos civiles de una importante parte de la población civil iraní, así como la persecución de cientos de periodistas, lo que supone un claro retroceso en aspectos como la libertad de prensa u opinión.

Por todos estos motivos, el cambio de actitud de Irán debe ser celebrado pero también observado muy de cerca, casi tanto o más que antes. Las potencias occidentales no pueden dejarse cegar por el brillo hollywoodiense del discurso nuclear de Rohaní, sino por hechos y políticas concretas, que no sólo afecten a la población de la región, sino a la propia población iraní. Una vez eso suceda, será tiempo de descorchar el champán.

Por Leah Soibel

Artículo aparecido en el Diario Las Américas.

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