AMIA: 24 años y una impunidad que no doblegará nuestra memoria

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Por Leah Soibel

Que nunca nos abandone el recuerdo. Que nunca nos olvidemos de las víctimas. Que nunca nos cansemos de pedir justicia. Se lo debemos a ellos, a los 85 muertos que dejaron los terroristas que perpetraron el atentado a la mutual judía de Buenos Aires. Y nos lo debemos a todos. En nombre de la verdad y de la dignidad.

Aquí volvemos, un año más, a gritar bien alto desde esta tribuna que la impunidad no es una opción. Una vez más, como cada 18 de julio desde hace 24 años, nos unimos a todos los que queremos que la memoria nos traiga justicia. En todo este tiempo hemos sufrido todo tipo de atropellos en los planos judiciales y políticos: se creó una fiscalía especial que lo único que produjo fue la muerte violenta del fiscal encargado, Alberto Nisman, toda vez que se atrevió a señalar a los culpables del atentado, los iraníes, y a sus protectores políticos, los gobiernos kirchneristas. Se firmó un memorándum con Irán para tapar responsabilidades. El gobierno cambió y con Macri parecía que se iba a dar el impulso necesario para terminar con la impunidad. Pero no, aquí seguimos, 24 años después, enredados en la madeja de un caso que arroja muchas sombras sobre el sistema democrático argentino.

Los despropósitos siguen acumulándose, y no siempre es responsabilidad directa del desatino político en la Argentina. Algunas cosas tendrán que explicar quienes dan cobertura, en el ámbito internacional, a individuos como Ali Akbar Velayati, diplomático y consejero estatal iraní, que fue recibido hace escasas fechas por el presidente ruso Vladimir Putin. Sucede que Velayati era canciller de Irán en los años en los que se planificó y se produjo el atentado a la AMIA. No sólo eso, sino que hay sólidos indicios de que participó en la fatídica reunión del Consejo Supremo de Seguridad de Irán en la que se decidió acometer el sangriento atentado. Sobre Velayati recae un pedido expreso de captura internacional, y desde Argentina se solicitó a Rusia su detención inmediata, sin éxito, como ya se sabe. Y así viaja despreocupadamente por el mundo Velayati sin que la justicia pueda ponerle las manos encima.

Lo que si que hemos visto en todo este tiempo, y esta es la nota positiva del caso, es que hay un mayor compromiso de potencias internacionales y de los gobiernos en América Latina (de algunos, no de todos) de poner coto a las actividades de la milicia terrorista libanesa de Hezbollah en el hemisferio occidental. Ya sabemos que Irán se sirvió de Hezbollah para toda la logística necesaria para explosionar la mutual judía en Argentina.

Sabemos mucho más ahora de cómo Hezbollah extiende sus redes en territorios como los de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, donde se relacionan a sus anchas con mafias criminales para financiar las acciones terroristas de la milicia en cualquier parte del mundo. Sabemos que los de Hezbollah reciben la cobertura de gobiernos como el de Venezuela para entrar con facilidad en el continente americano. Con todos estos datos, las fuerzas de seguridad tienen herramientas para perseguir a los que pretenden atacarnos desde dentro.

De vuelta a lo ocurrido en aquella mañana del 18 de julio de 1994 en la calle Pasteur, volvemos a repetir lo que decimos cada año cuando llegamos a esta fecha: para los familiares de las víctimas y para la sociedad argentina entera, sería muy importante que pudiéramos ver avances reales en la investigación y en los procesos judiciales, y también que la comunidad internacional acompañara a los argentinos en la búsqueda de justicia.

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