Si nos callamos frente al antisemitismo, volveremos a ver cristales rotos en las calles

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Era el centro del gueto de Cracovia. En aquella bella ciudad polaca había calado hondo la política nazi de segregación y persecución a la población judía. En plena ocupación alemana Tadeus Pankiewicz ejercía como farmacéutico en una plaza desde la que se organizaban los transportes de judíos a los campos de exterminio. Él era el único polaco no judío viviendo dentro del gueto; eligió no marcharse. Desde su farmacia suministraba cuidados médicos y alimentos a los recluidos, ofrecía un punto de reunión clandestino para la resistencia y ayudaba a escapar del gueto a través de un falso tabique. Hoy, Tadeus es recordado como Justo entre las Naciones, un reconocimiento que otorga el Museo del Holocausto de Jerusalén a quienes se opusieron a permanecer impasibles ante la barbarie.

Lo que hace tan especial a Tadeus es su rebelión moral. Ante el silencio, la ignorancia, el mirar hacia el otro lado, el colaboracionismo o la participación misma en aquel inhumano plan de Hitler y sus secuaces del genocidio, hubo quienes demostraron la dignidad suficiente para rebelarse frente a la corriente extrema de odio que se extendía por Europa en aquellos días.

Hoy, vemos a estos justos entre las naciones como héroes, y de verdad que lo fueron. Ante la terrible ola de antisemitismo que pudrió los corazones de media Europa, se levantaron los que no se dejaron corromper por la asesina doctrina del odio. En ese trágico episodio de la reciente historia de Europa hubo dos agentes cooperadores necesarios para hacer posible el Holocausto: el poder político representado por el partido nazi, y los ciudadanos que preferían callar, permanecer indiferentes, cuando no colaborar, para no sentirse ajenos a sus pares. Así, poder y pueblo, cómplices, contribuyeron a hacer cada vez más grande la ola de odio racista que terminó por ahogar la dignidad de muchos países.

Así ocurrió un 9 de noviembre, pero de 1939, en ciudades y pueblos de Alemania y Austria, naciones ya sometidas al martilleo de la propaganda nazi. Fue la terrible noche de los cristales rotos.

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